Relatos de 2011: “Huellas en la nieve”

Huellas en la nieve
Autor: Jaime Fernández de Bobadilla
(Fotos que ilustran el relato en Fotografías/Nieve caprichosa)

No sé cómo empezar, así que, de momento, hablaré de la nieve. Agua. Universos de nieve. Caprichos de nieve. Primavera, polvo, dura, hielo… Hay un mundo alrededor de ella. Copos de nieve. Ventisca. Buena para el olvido, como el vino. Buena y blanca, como la luna. Cruel como los espejismos o como el hielo. Brillante al sol. Azul bajo la luna. Sin contornos en la niebla.
Me deslizo en la niebla. Veloz. Siento la textura de la nieve bajo los pies. Montículos. Hierba. Aguas subterráneas. Piernas. Brazos. Boca. Viento. Esquís que cortan, crujen, raspan, gimen, besan… Flexión, extensión, giro. Otra vez y otra y otra. Hay amor y miedo y oscuridad y luz bajo la nieve. Muelle bajo las botas. Hay pistas de nieve dura. Tocada. Tocable.
Intocable viajo en la nieve virgen con el peso en los talones. La vida en los talones y los cuádriceps tensos. Músculos. Gomas. Tirachinas de un dios pequeño. Bruscos como ráfagas de viento. Un giro. Otro. Otro. Laderas blancas. Nieve virgen. Libertad donde no cabe el miedo. Nieve. Blanca. Azul. Traslúcida. Huellas de esquís. Huellas de snowboard. Parapetos azules. Formas imposibles. Mundos de nieve: pinturas rupestres, sembrados, bosques, olas, océanos, fallas azules, incendios, sol o luna, orillas, surcos, gigantes, montañas, sombras chinescas, estratos, dunas, universos… Un giro y otro y otro. Más deprisa. Un poco más. Cerca del límite esférico. Horizontes. Sí. Podría decir muchas cosas de la nieve. He dicho algunas y otras…
Ahora creo que sí. Es decir, creo que sé como contar esta historia. Prometí hacerlo tal como ocurrió, pero no sé si es posible. Me obligaré, al menos, a ser prosaico. No sé por qué bajé detrás de aquellas huellas. No siempre hay un por qué. Las cosas ocurren. Luego buscamos una explicación, es decir, racionalizaciones que suceden a lo irracional. Supe que iba a seguir aquellas huellas en cuanto las vi, pero no por qué. No pensé “si hay problemas, ya se me ocurrirá algo”. Ni en mi vieja amiga, la suerte. Siempre de mi lado. No. Sólo en la nieve.
Pirineos. Frontera plegada entre dos patrias o no sé cuantas. Frontera resquebrajada. En la ladera casi virgen, opuesta a las pistas azules, rojas y negras que descienden a Portalet, dos únicas huellas de esquís entrelazadas. Solo eso. Unas finas, de un niño, otras de un adulto. Quizá por eso no presentí el peligro. Avalanchas. Frío. Noche. Nieve.
Desciendo. Un giro y otro. A ver dónde me llevan las huellas. Precisas. Dibujos de una mano invisible. Curiosidad. La curiosidad mató al gato, pero también lo resucitó. Le dio paisajes y ojos ¿Qué hay detrás de esa ladera? ¿De esos ojos? ¿De esa ropa? ¿De esa piel? Sí. Esquío la piel del mundo. Levanto nieve, espuma y aerosoles aún luminosos. Arco-iris sin agua. Arco-iris de cristal. Giro, giro, giro. Sigo las huellas. Detrás de esas rocas, otras. Detrás, una colina. Detrás una lenta ladera. Y una pendiente y otra y otra. Siempre hacia el norte.
Caigo en la nieve. Me levanto. Estoy bien, pero el pensamiento consciente golpea en seco. Hasta entonces, euforia. Tocar la piel de la montaña. Besar la piel del mundo… Todo muy bien, justo hasta que llega el miedo. Sí. El miedo aparece bruscamente. No es el atardecer lento, sino la noche repentina. Es sombra y soledad. Figuras que parecen lo que no son. Es la noche y la muerte ¿Qué hago aquí? Las cinco de la tarde. En una hora, la noche. Será fría. Muy fría. Tengo zumo de manzana y almendras saladas. A la montaña, no le importa si soy profesional o autodidacta. Se lleva a todos por delante. Ella dispone. En eso se parece a la mar. No hay vuelta atrás, así que sigo las huellas. Llevarán a alguna parte. Quizás a una pista balizada. Pero no, voy hacia el norte. Hasta ellos. No sé.

Y aquí, amigo lector, es cuando tienes que parar un momento a coger aire. Eso fue lo que hice yo cuando vi como, en medio de una nueva ladera, de repente, sin más, sin pisadas, ni viento, ni tormenta, ni avalanchas recientes, las huellas desaparecían. Nada. Interrumpidas en medio de la nieve virgen, blanca, impoluta… Evaporadas. Kilómetros de huellas y luego nada. Fantasmas.
El móvil, sin batería. La noche con las pilas puestas. Me acerqué al lugar exacto donde terminaban las huellas. El fin era brusco. Nieve virgen hasta donde alcanzaba la vista. Lisa. Blanca. Impecable. Asombroso, sí. También aterrador, porque lo que les había ocurrido a ellos, podía ocurrirme a mí y porque eran las seis menos cuarto y por el frío a bajo cero y el silbido del viento. Miedo y adrenalina y quiero volver a casa.
Llegó la casi noche. El frío quema la cara. La Piel. Seguí descendiendo mientras hubo algo de luz. Entre rocas. Por pendientes empinadas. Girando. Derrapando. Ya sin pensar. Como un animal. Con el único objetivo de sobrevivir a la noche y la montaña. Un giro. Otro. Un abismo real. Dos rocas delimitan un espacio triangular. Penumbra. Busco su abrigo. Construyo dos paredes de nieve para sellar el espacio.
Estoy más o menos resguardado del viento. Más o menos a bajo cero. En completa oscuridad. Hasta el amanecer. Frío. Bebo zumo de manzana frío. Ceno almendras saladas. No puedo dormir. Espero la noche densa.
Hay amaneceres… Aquel fue grandioso. También porque estaba vivo: sobre todo. A través de las rocas, el sol, creciente en mil espejos. El aire no tan frío. Los huesos desencalados. Estoy vivo. Sí. Encontraré el camino, pero no una explicación a lo ocurrido. No importa, porque he sobrevivido a la noche y la montaña.
Y sí, encontré una ladera abrupta y un cortafuegos. Sin esquís, descendí por la pendiente de rocas. Horas después alcancé una aldea, exhausto. Una llamada: “estoy bien”. Noticias: un desaparecido, es decir, yo mismo. Nadie más. Ningún padre. Ninguna madre con su hijo. Nada de huellas misteriosas.
¿Fantasmas? No sé. Tal vez querían enseñarme el significado de tomar un rumbo equivocado o algo así… ¡Qué tontería! Los fantasmas no se ocupan de esas cosas. Lo imaginé todo. No. No sé.

Creo que, simplemente, hay huellas en la nieve, que desaparecen.

***

Epílogo:
Paseo por la ciudad, al abrigo de los dioses del mar y la montaña. Entro en la Casa del Libro. Me encanta inundarme de libros. Sentirlos. Manosearlos un poco. Olerlos. Leerlos a veces. Planta primera. Guías de viajes. Abro al azar un libro muy bien encuadernado: Pirineos. Reconozco el paisaje de montaña donde pasé la noche. Una foto impecable. Paso la página: un padre y un hijo sonrientes esquian una ladera virgen. Huellas trenzadas. El padre, una mochila a la espalda. Los dos llevan arneses.

Paso otra página: un parapente rojo sobrevuela el valle. Al fondo, la nieve.

Una respuesta a “Relatos de 2011: “Huellas en la nieve”

  1. Es verdad, que dejando volar la mente , y supongo que tambien todo nuestro ser, encontramos respuestas a los misterios y a la desazón y miedo que provocan.
    Gracias Jaime, porque en tan breve relato , has conseguido que un sinfín de sensaciones vitales afloren. Es un regalo la lírica que utilizas para envolvernos en él.

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