Relatos de 2011: Fantasmas

Fantasmas ©
(Autor: Jaime Fernández de Bobadilla)
Fotos en Fotografías que ilustran relatos/Fantasmas

Hay fantasmas. Yo los he visto. A veces son ramas de árboles o cortinas o sombras. Otras, cobran forma humana. Entonces tienen ojos, boca, corazón… Los fantasmas existen.
Y conste que no me refiero a los neoclásicos de cadena y sábana, ancestros que corretean por los pasillos, almas en pena, viejos enemigos rencorosos que habitan el limbo…
No me refiero a esos, no… Ni siquiera, si es lo que estás pensando, a los que se instalan en las aristas íntimas o en la articulación de la rodilla para estar presentes a cada paso, debajo de la primera piel invadida… Ni siquiera a los que extienden cheques al portador al tiempo y se cobran los servicios en presente o repiten actos pasados en calidad de halografía de firma, provocando recuerdos indeseados porque hablan, gritan, gimen, aman a destiempo y recubren el tiempo y lo matan en presente simple.
No. Tampoco voy a contarte de esos otros que deshabitan el corazón. Viajan sin billete por el pasillo del alma estropeada como pieles rojas sigilosos y se instalan en aquellos que ignoran que no vuelve lo perdido, que el tiempo viaja siempre en la misma dirección y que, cuando ayer perdieron, eran lo que todavía son.

No hablo de los que habitan entre la boca y la voz.
No hablo de los que cantan y, en la mar llamamos sirenas.

Hablo de fantasmas de verdad que tienen forma. Existen. Viven. Sé lo que digo. Los he tenido al alcance de la mano. Los he visto con mis propios ojos. Escucha…

Ha entrado enero de frío azul. Sin contraventanas. A golpe de calle y “¡Mierda! he salido sin abrigo”. Es decir, frío de verdad para temblar. Voy calle Mayor arriba un día cualquiera. Un poco distraído o concentrado en el frío y los pasos. Llego al mercado de San Miguel. Escaparates bonitos. Ultramarinos y botellas y barras de bar. Tomo unas copas de vino con un par de amigos. No tantas como para ver fantasmas pero sí para reir a carcajadas por cualquier cosa. Me despido. Ando calles estrechas.

Es entonces cuando lo veo. Reflejado en un charco reciente. Un fantasma vestido de arco-iris que se desliza y deforma, objetos y personas. Pasa junto a mí. Me habla al oído. Susurra. Mide las palabras. Me mira a los ojos. El espectro sonríe, embruja, gira, baila la calle desierta. Lo sigo hasta una plaza. El viento mueve su pelo arco-iris. Crece volátil. Corre y, al fin, desaparece tras una esquina de Huertas.

Te estarás preguntando si busqué a mi fantasma. Claro. Claro que lo busqué. Todas las tardes. Quería verlo y oír, una vez más, su voz. Pero nada. Nada. Luces, gente, alboroto y calles desiertas de espectros.

(…)

Hoy es, no sé, creo que jueves. Cae la semana y con ella, el alma cuesta abajo. Cruzo los arcos de la Plaza Mayor. Estatuas. Mareas de gente. Terrazas. Ventanales asimétricos. Fachadas pintadas.

En un lado de la plaza, una mujer guapa rodeada de chiquillos. Sujeta dos palos unidos por cuerdas. A sus pies, un cubo de agua jabonosa. Sumerge las cuerdas y las alza en el aire. Así renace, perplejo, transparente, vestido de arco-iris, un fantasma. La mujer me mira, sonríe en carne y hueso y lo toca con el dedo para que desaparezca.

Hay fantasmas. Yo los he visto. A veces son ramas de árboles o cortinas o sombras. Otras son pompas de jabón. Si quieres que se vayan, sólo tienes que tocarlos con el dedo.

Una respuesta a “Relatos de 2011: Fantasmas

  1. ¡Ojala que todos los fantasmas fuesen tan fáciles de espantar!…

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