Reflexiones

El limbo de las letras ©
Autor: Jaime Fernández de Bobadilla

¿Quién no ha perdido alguna vez un escrito? El ordenador juega una mala pasada. Un papel cae en las fauces de la lavadora. Intentas reproducirlo y ya no es igual. No vienen las palabras exactas. Pasó el momento. “La próxima vez haré una copia en un pendrive. La próxima comprobaré el bolsillo de la camisa antes de echarla a lavar. La próxima vez tendré más cuidado”. Sí, pero ¿Y esta vez? Esta vez no tiene arreglo.
El otro día perdí un relato. Después de mucho buscar entre archivos y no encontrar más que ceros y unos, me dio por pensar que, tal vez, los textos perdidos tengan un destino: el limbo de las letras. Allí las palabras, huérfanas de autor y sin lectores, pasean, dan vueltas, bailan, buscan una frase y, a veces, la encuentran. Frases como “menos mal que has llegado, me sentía solo” ó “ el vino que tiene Asunción no es blanco ni tinto ni tiene color” o lo que sea. A veces las palabras no encuentran su sitio y se rompen en pequeñas letras ¡Qué solas están las letras cuando están solas! Algunas sirven para mucho y otras, no tanto. Casi todas se las apañan como pueden. La “o”, por ejemplo, sirve para muchas cosas: rueda, bosteza, anula o es la luna en un cielo de letras. Clonada forma collares y cuentas y ábacos. La “z” es un látigo que rasga, hiere, corta la piel. La “R” es borde y ruidosa. La “h” casi siempre guarda silencio pero adorna. La “b” va orgullosa y embarazada y muchas veces da a luz barcos, besos y bonitos puntos suspensivos. La “m” es aventurera como montaña y mar. La “p” es rápida y fugaz. Se sienten solas las letras y por eso buscan sílabas. La “s” es sibilina y siseante como una serpiente, siempre anda buscando rollo plural y silábico. Se hace querer porque multiplica y, cuando se junta con la “i”, lo cambia todo: “sí”. Sí. Letras. Solas o en sílabas. Siempre perecederas.
Así que un puñado de letras pueden formar combinaciones infinitas en el limbo. Los matemáticos afirman que si hay infinitos monos uno escribirá “El Quijote”, yo creo que no necesariamente, porque son demasiado intencionados (y demasiado monos) los monos. Sólo puedo asegurar que escribirán infinitas monadas sin sentido. Las letras son otra cosa. Las letras pasean al azar en su universo particular, y ellas sí que llegarán (infinitas) a ese lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme. Y nosotros (humanos) que habitamos este planeta entre casi infinitos planetas estamos, igual que las letras, solos y huérfanos de Autor y de lectores marcianos con sus telescopios. Andamos por ahí como ellas, bailando montañas, dando latigazos, cantando, besando, multiplicando monedas o deudas, haciendo cuentas y collares y comulgando con ruedas de molino.
Y aún así, nunca debes perder la ilusión, cuando menos lo esperes, te encontrarás formando parte de una palabra, una frase, una historia que merece la pena o, simplemente, escucharás “Ven, seamos una sílaba”

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