La poza (relatos 2011) ©

La poza ©
Autor: Jaime Fernández de Bobadilla

En un café de Rascafría llamado “La Flaca” situado en la carretera M-604 que une el Puerto de Cotos con la Nacional I, frente a una tienda de cuento en la que fabrican chocolates de todos los colores, oí hablar de la poza por primera vez. Antes de continuar, amigo lector, debes saber que no desvelaré cómo encontrarla; y créeme cuando digo que no intento proteger el secreto de la poza de ti, sino protegerte a ti de su secreto.
Escuché, decía, una conversación, por pura casualidad. Un hombre y una mujer hablaban separados por un café con leche y un té marroquí. Las infusiones son a veces una muralla infranqueable entre dos personas; pero en aquella ocasión eran parte del decorado. Igual que las mesas de mármol inamovibles, las vigas de madera cortejadas por lámparas de bronce negro y el humo insólito del incienso. Hablaban en un susurro. Yo estaba de espaldas con un libro en las manos. Sólo pude oír algunos fragmentos de la conversación. Suficiente para encontrar la poza y, desde luego, para despertar mi curiosidad. Frío, hielo, desaparecido, desesperanza, roble, sirena, la poza… Hablaban de ella como si estuviera viva. Después de una pausa, el hombre advirtió mi presencia y se volvió hacia mí:
_ ¿Has estado escuchando?
_No. Claro que no.
_ Sí, has estado escuchando.
_ Bueno, no he podido evitar oír algunas cosas.
Entonces se levantaron, me miraron como si ya estuviese muerto (como si ellos también lo estuviesen) y salieron del café.
Pensarás, igual que pensé yo, que es difícil que la Sierra de Canencia todavía albergue lugares desconocidos, pero la montaña es mucho más extensa que los mapas y más allá de las pistas de arena, de las sendas pedregosas, y de los caminos sombríos hay riscos y arroyos y colinas que no tienen nombre. Hay rocas resbaladizas, hojas secas y húmedas, hielo, nieve, viento que silba, árboles, precipicios, grietas, troncos derribados, cascadas efímeras, torrentes y espejismos…
La tarde en que me aventuré en busca de la poza, sólo guíado por las pistas tomadas al vuelo de aquel diálogo de fantasmas, por lugares que ni siquiera los guardabosques conocen, fue tan fría que helaba la luz del sol.
***
Recorrí la senda que discurre paralela al río hasta el Puente de La Angostura donde el agua estallaba en su lecho gélido de granito. No dejaré, amigo lector, que sigas mi rastro; sólo diré que ribera arriba el camino es estrecho como una herida. Anduve sobre tierra, nieve, ramas, hojarasca o pequeñas flores violetas ocasionales de tallo helado. Atravesé laderas y cárcavas. Vadeé arroyos y recorrí el fondo de cañones calizos inundados.
La noche llegó pronto de la mano de una tormenta de granizo; como si el corazón congelado de La Tierra hubiese saltado en pedazos. Me preparé para pasar la noche en mi tienda. Encendí el piloto rojo de la linterna, que brilló en la oscuridad como el ojo de un siniestro gato cíclope. La poza ocupaba mi pensamiento desbocado por el insomnio.
El día se hizo esperar. Sonaba el graznido de los cuervos y el aullido de las alimañas. Caminaba desorientado como un remero ciego y triste por la presencia de muertes anónimas. El viento silbaba en las quebradas. Pasé junto a árboles desnudos, cruces incompletas de un cementerio de pequeños mamíferos que las rapaces acechaban volando en círculos. Anduve entre rocas afiladas por el viento cargado de granizo como papel de lija. Vi las siete iniciales grabadas en la corteza de un roble centenario, tal como había oído en “La Flaca”. Atravesé claros y cañones invadidos por raíces. Escalé fallas y descendí por desfiladeros y, al fin, en lo más tupido del bosque surgió ante mí, inesperada, la poza.
El agua formaba un círculo de quince metros de diámetro rodeado por un laberinto de canales y cárcavas. La poza respiraba el aire a presión de los sifones y se alimentaba de las corrientes subterráneas. Me acerqué con cuidado al borde y pude ver a unos diez metros de profundidad una mujer de pelo rubio y ondulado iluminada por una luz brillante. Lo más asombroso era que respirase sin equipo de buceo. La distorsión óptica producida por el agua impedía distinguir el cuerpo, pero era azul y parecía terminar en una aleta caudal. Al verme, agitó los brazos, dijo algo que no alcancé a entender y desapareció. La curiosidad fue más intensa que el miedo. Comencé a preparar la inmersión. Monté el chaleco, el regulador y la botella. Abrí la grifería. Comprobé que los reguladores funcionaban correctamente. La presión del aire: doscientos veinte bares. Coloqué el neopreno, el chaleco térmico, los guantes y la capucha sobre una roca plana y seca y lastré el cinturón con piedras. Fue entonces cuando las gafas de buceo cayeron al suelo. Los cristales se hicieron pedazos. No podía creerlo. Experimenté ira y frustración y desencanto y alivio. Me quedé un rato contemplando el fondo de la poza sentado en el suelo. Nada: solo agua y roca. Hice mecánicamente algunas fotos y emprendí el regreso.
***
Volví a la poza. Claro que volví. Volví solo, sí, al lugar donde habían desaparecido siete personas. Para hacer lo que nunca hay que hacer: bucear solo en una cueva. Pensarás que estoy loco. No sé. Que no temo a la muerte. Te equivocas. Pero tenía que volver y no quería poner en peligro a mis amigos. Así que partí solo, de madrugada. Tardé cuatro días en llegar, cargado con el equipo de montaña, el chaleco, el regulador y una botella de ocho litros de aire comprimido.
Hacía mucho frío. Até una cuerda a una raíz sumergida, la lastré con una piedra y la tiré al agua. Inicié la inmersión con “paso de gigante”, que consiste en dejarse caer con las piernas en ángulo abierto. En el agua el termómetro marcaba poco más de cero grados. Descendí por el cabo dos, cuatro, ocho, diez, hasta dieciocho metros. La poza se estrechaba. A la luz de la linterna vi las grutas y túneles que confluían en la poza. Ni rastro de sirenas. Sólo roca y frío.
Me llamó la atención que muchas grietas estuvieran selladas por bloques de hielo. A veinte metros, una lámina de hielo ocluía el extremo de un corto túnel. En cuanto me acerqué se desprendió bruscamente y la corriente se deslizó por el orificio abierto en la roca. Me aferré al cabo para que no me arrastrara. Cuando cesó, miré de nuevo el profundímetro. Apenas marcaba nueve metros de profundidad. Golpeé con el dedo la esfera, pero la aguja no se movió: nueve metros y cuarenta atmósferas en la botella. Decidí dar por terminada la inmersión y subí despacio por el cabo. Hice la parada de rigor a cinco metros. Cuando alcancé la superficie inflé el chaleco y miré a mi alrededor. Todavía estaba dentro de la poza, que ascendía vacía el exterior. Diez metros más arriba una capa de hielo, cubierta por unos centímetros de agua, ocluía la entrada completando una trampa mortal. Comprendí que durante mi inmersión la superficie se había helado y luego, la poza se había vaciado parcialmente.
Y sí, querido lector, ocurrió. Un hombre se acercó al borde de la poza. Estaba equipado para una inmersión. Vi su silueta desde abajo. Agité la linterna. Hice gestos con los brazos. Grité. Fue inútil. Sólo conseguí avivar su curiosidad. Entró en la poza con un paso de gigante, el hielo se quebró, cayó al vacío y murió en el acto al golpearse contra las paredes. Cuando conseguí serenarme, abandoné el equipo y ascendí con ayuda de la cuerda.

No ha parado de llover durante toda la noche. La lluvia se filtra por el techo de la tienda de campaña. Seguramente la corriente arrastrará el cadáver hacia aguas subterráneas más profundas. He estado despierto escribiendo mi relato para dejar constancia de lo que ocurrió y protegerte de la poza. Sólo cuando haya terminado me sentiré con derecho a volver a casa.

Apunte geológico.
El agua de ciertas formaciones calizas puede sufrir descensos bruscos de temperatura en superficie, acompañados de aumento en profundidad, dando lugar a rápida formación y fusión de hielo a diferentes niveles que trae como consecuencia cambios bruscos en el nivel del agua y cámaras de aire bajo un hielo inestable (Geology, Vol 2: 112-114, 2011).

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