Miedo y gasolina y 11 de septiembre en New Jersey

Miedo, gasolina y 11 de Septiembre en New Jersey
Autores: Jaime Fernández de Bobadilla y Marbiel Biezma.
Escrito y adaptado por Jaime Fernández de Bobadilla, a partir de una historia vivida por Maribel Biezma.

Jueves. Seis de septiembre de dos mil uno. Pasan los minutos y las horas detrás de la pantalla del ordenador. Parpadea. Parpadeo. Un pequeño mareo horizontal. Nistagmo. Trabajo. Trabajo. Trabajo. Cálculos. Reuniones con unos y con otros. Todo el mundo habla, piensa, opina, cree… Lo llamamos predicciones de mercado. En realidad, la bola de cristal de toda la vida funciona igual de bien o mal. Las tripas, también. Pero las predicciones de mercado están basadas en modelos, números, ecuaciones, nubes de puntos, análisis de sensibilidad, de riesgo, escenarios plausibles, escenarios imposibles. Son igual de precisas, pero llevan más tiempo que explorar una retina de cristal en la penumbra. Sin abracadabra, sin pata de cabra y con mucha matemática y poco tiempo. Horas de trabajo. Descanso para un café. El tiempo que pasa volando y la noche que se echa encima.

La sede de Merck Sharp and Dome está situada en una población llamada Whitehouse Station a sesenta millas de Nueva York. En el exterior, el calor de la tarde da paso al calor interior de la noche, riguroso y técnico como la geometría de nuestro edificio pentagonal capaz de albergar tres mil personas y un inmenso jardín, también pentagonal, donde habitan ciervos tranquilos y predecibles, mucho más que nuestro “forecast” de turno. Informes, datos, calor, trabajo. Han pasado tres, cuatro, cinco horas de la hora normal de salida. Son las diez y pico de la noche. En el edificio solo quedan guardias de seguridad y ciervos. Ciervos y más ciervos. New Jersey es el “garden state”. Pero los animales nocturnos no habitan en jardines, ni son bambis tiernos. Son ojos que brillan tras ventanales. Reflejos. Ruidos. Ramas que se mueven. Hojarasca. Pisadas. Respiraciones. Y para respiraciones, la mía. Corro por el pasillo desierto perseguida por el eco de mis tacones. Me quito los zapatos para ir más deprisa. Van a cerrar la salida principal del edificio D que conduce por la carretera 22 a New Jersey.

Parking casi vacío. Luz que-sí-que-no de fluorescentes en serie. Un suelo grasiento y demasiado caliente me va a derretir las medias. Me calzo los zapatos de tacón y camino hacia la plaza G42. Mi ford taunus del año de la tana que algún día fue azul y hoy es gris, a cuarenta grados. En el parking acechan las primeras sombras. Entro en el coche deprisa. Cierro el seguro. Giro el contacto. Ruido, motor de arranque, pero nada. Nada. Algo. La luz roja de la reserva. No puede ser. Sí puede ser. Cuatro días hace que se encendió y yo siempre: mañana, mañana, mañana llenaré el depósito. Pero la aguja no ha tocado fondo. Suficiente para llegar a casa. Sombras y un corazón que late más fuerte de lo normal. Giro el contacto. Sí. Suena el motor: la mejor música ¡Menos mal! En veinte minutos una ducha, posición horizontal y no pensar. Desde la carretera 22 hay nueve millas hasta mi casa en Neshanic Station. Casi un hogar porque ya está un poco vivido. Meses. Restaurantes. La tienda de la esquina. El gato de la esquina. Una cena. La mente proporciona cabezas de puente. Permite lugares inexplorados sólo desde un hogar más o menos seguro. Veinte minutos y estaré en casa.

La puerta D está cerrada. No podía ser tan fácil. Conduzco por la circunvalación que rodea el edificio pentagonal y busco una salida. Hay cinco puertas y cinco carreteras. Puerta “C” cerrada a piedra y lodo. Puerta “B” a cal y canto. Ni un alma. Puerta “A”: ¡Abierta! Sí. Sí. Sí. La luz de la garita encendida. No veo a nadie en el interior. Bueno. Ya está.

No está. No sé dónde estoy. Una carretera nueva, extraña, oscura… Luces dispersas aquí y allá. Pero tengo oscuridad y sombras negras de árboles caprichosos para parar un tren. Los faros apenas fracturan la oscuridad y la desocupan temporalmente. Hay caminos y carreteras secundarias, terciarias, cuaternarias, muy oscuras y muy sin asfaltar. Sigo por mi carretera nada principal, sólo escasa y solitaria. La luz de la reserva, quieta y roja. Por fin un cartel descolorido con el número de la vía. No tengo un triste mapa, pero sí que parar para leer un cartel viejo con un número borroso que no dice nada. Y pasan los minutos y la gasolina. Voy no sé si dirección Manhattan, Pensilvania, Boston, Florida… Ciega, perdida, asustada en una carretera a punto de desaparecer. Necesito ayuda. Sí ¿A quién llamo? A nadie porque no hay cobertura.

Veo las luces del porche de una casita americana cuadrada. Paro en la cuneta con el motor en marcha y las luces encendidas. Pasan los minutos. Apago las luces. Oscuridad completa. Al rato, pupilas dilatadas y entonces peor: sombras vivas. Heraldos del miedo. El corazón, a toda máquina me va a romper el pecho en dos. Estoy empapada en sudor y adrenalina. Soy una mujer sola en un coche con el depósito casi vacío en medio de ninguna parte y tengo un móvil sin cobertura, una guantera sin mapas, las manos crispadas al volante de un viejo ford taunus, los músculos tensos y quietos, un monton de oscuridad por todas partes y mucho, muchísimo miedo. A las sombras. Al dolor. A la violencia. A no volver. A los ciervos imaginarios de ojos inyectados en sangre. Sobre todo a las sombras negras y depredadoras que se ocultan entre los árboles.

A contraluz en el porche, aparece la figura de un hombre con una pala en la mano. Es decir, hay un hombre solo y quieto en el porche de su casa observando un coche sin luces, el mío. Lleva una pala en la mano porque estaba trabajando en el jardín de atrás, o porque tiene miedo de un extraño, o, tal como se tuerce la noche, porque acaba de enterrar a la última chica perdida, violada y asesinada ¿Qué le digo?¿Que me he perdido y, perdón, se transparenta la blusa porque he sudado mucho? No. Hay un hombre sólo y quieto en el porche de su casa con una pala. Enciendo los faros y me largo como alma que lleva el diablo o que huye de él o, casi seguro, sólo de un pobre tipo asustado que veía la tele.

Conduzco pisando huevos para ahorrar combustible. Si no encuentro pronto una gasolinera nisiquiera podré huir llegado el caso. Tengo que parar ¿Esperar a que amanezca? No. No en medio de este bosque. No en esta carretera casi desierta con toda la noche por delante. Pararé a alguien. Me detengo en la cuneta con el motor en marcha y las luces puestas y bajo del coche. Tengo calor y miedo. Pasan los minutos. Por fin, un todoterreno se detiene. Al volante un tipo normal que me mira con atención. No apaga el motor ni baja del coche, pero me explica como llegar a la autopista 78.

Giro a la derecha en la primera desviación. Conduzco una carretera estrecha y llena de baches. Por fin, la autopista 78. Luces, barullo y una gasolinera. Lleno el depósito. Encuentro la autopista 22 y la carretera 202 que lleva a Neshanic Station. Estoy viva. Lloro porque estoy en casa y estoy viva y he pasado mucho miedo.

Epílogo

Maribel me contó esta historia después de leer mi relato “Huellas en la nieve”. Me contó también que al lunes siguiente vio desde New Jersey el humo de las Torres Gemelas y otra vez tuvo miedo. Su padre, E. Biezma, estuvo todo el día intentando localizarla y lo consiguió a las once de la noche.

Casi todos recordamos lo qué hacíamos ese día espantoso en que echaron gasolina al mundo y le prendieron fuego y el fogonazo en las Torres de la capital del mundo y los cuerpos de las pobres víctimas (y las almas de todos) cayendo. Yo estaba en Edimburgo. Aprendí entonces que el miedo y la gasolina (o la falta de gasolina que viene a ser lo mismo) son una combinación muy peligrosa. Pero los incendios se apagan y la vida sigue y golpea, pero también nos abraza y trae más vida.

En el hospital Gregorio Marañón de la calle O´Donell, donde el padre de Maribel había fallecido en el año 2002 en el servicio de cardiología, el mismo donde yo había comenzado mi residencia once años atrás, Maribel dio a luz a su hijo Adrián, exactamente el 11 de septiembre de 2003.

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