El gato de hielo

El gato de hielo
Autor: Jaime Fernández de Bobadilla
Fragmento de “El Alfeizar”, segunda parte de “Solsticios”

He tenido unos días atroces. De los que dejan hielo y huella y te joden tanto que no recuerdas ni tu propio nombre. O peor, preferirías no recordarlo y desaparecer del mapa y abrigarte con periódicos en el interior de un cajero para tener al menos una razón para tener tanto frío.
Pero hoy ha sido el peor. Sí. Exactamente a las diecisiete y veintitrés, en la planta veintinueve del edificio más feo de la ciudad más fea del Medio Oeste, escuché algo y se me paró el corazón. De repente. Sin decir adiós. Ahora soy un gato de hielo. Sin corazón. En un páramo. Y un gato de hielo sin corazón y sin mapas, siempre viaja al sur. Pero resulta que todos los meridianos acaban en la puta Antártida. Y allí, paciente, implacable, obstinado espera un adversario peligroso. Juego al ajedrez con piezas negras, no con la Muerte, como en la incalculable película de Bergman, sino con el Frío, que es mucho más duro porque no mata del todo. No oigo crujir el eje de la tierra, porque a doscientos setenta y tres grados bajo cero, los átomos dejan de moverse. Los gatos, tenemos siete vidas ¿recuerdas? Un error al contar cuando te dije, que sólo me quedaba una y menos mal, porque hoy, exactamente a las diecisiete y veintitrés, se me paró el corazón y tuve que usar el de repuesto. Y no sé. No sé. Se me ha olvidado hasta mi nombre.

Una respuesta a “El gato de hielo

  1. Lo importante cuando eres un gato, es llevar la cuenta de las vidas que te quedan, si no, al final estás como cualquiera de los mortales.

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