El tesoro de pirata Arraez

El tesoro del pirata Arráez ©
Autor: Jaime Fernández de Bobadilla.
El relato hace referencia a algunos hechos históricos contrastados. Parte de la trama es ficticia.

Primera Parte: La azucena blanca
La historia del Cabo de Gata es una historia de piratas y fortalezas. Entre el Playazo y el Valle de Rodalquilar se alza la Torre de los Alumbres construida a principios del siglo XVI. Apenas una torre del homenaje, un patio, tres pisos comunicados por una escalera de caracol y una muralla reforzada en las esquinas por torreones cilíndricos. Alrededor, un foso y un puente levadizo. A pesar de ser un castillo en toda regla, no resistió el primer ataque masivo de los piratas, que hicieron esclavos a todos los que no dieron muerte dejando el valle desierto. La región solo se repobló al amparo de las fortificaciones que Carlos III ordenó edificar a todo lo largo de la costa almeriense a principios del XVIII. En lo alto de la Polacra, la montaña que se alza entre el valle de Rodalquilar y la bahía de San José, está la Torre de los lobos. En los Escullos, la fortaleza de San Felipe. En el extremo norte del Playazo, el Castillo de San Ramón hunde sus cimientos en la roca volcánica, separado del mar por una plataforma elevada de dunas fósiles, sobre la que es imposible construir nada.
La historia del Cabo de Gata es también una historia de tesoros. La mejor forma de ocultar un objeto es mezclarlo con sus iguales. Un libro valiosísimo, en una biblioteca de cualquier pueblo perdido. Diamantes, en una cubitera de hielo en la última repisa del último cajón de un frigorífico industrial. Por eso, el Cabo de Gata (Cabo de las Ágatas) es un buen lugar para ocultar piedras preciosas y, en realidad, esconde un tesoro pirata de incalculable valor, es decir, el plan de pensiones de un pirata enamorado llamado Alí Ben Jasul y no como muchos creen Arráez, que en realidad no quiere decir otra cosa que “capitán de barco” en un antiguo dialecto berberisco.
Sentado en las dunas fósiles petrificadas al pie del castillo de San Ramón me detuve un día de julio a contemplar una tormenta de verano. Pensé que el mar no tenía nada que contarme, pero el mar casi siempre tiene algo que decir si escuchas con atención suficiente. Observé que el agua de las olas nunca llegaba a llenar una cavidad entre las dunas. Cuando me aproximé entendí por qué: en el centro había un canal circular de veinte centímetros de diámetro que cae hacia el mar formando un ángulo de treinta grados con la horizontal. Al principio pensé que era un capricho de la naturaleza, o que lo habían construido para albergar alguna clase de tubería con la que vaciar el foso del castillo. Luego, vi los tres cañones de ocho pulgadas en la muralla y comprendí que debía existir un punto ciego para los cañones. Así era, oculta por la plataforma de dunas, hay una ancha fosa de quince metros de profunidad; suficiente para que un marino audaz planee un desembarco nocturno con un balandro ligero bien armado. Comprendí también que el orificio de las dunas no era un fenómeno natural ni el drenaje del foso del castillo, sino la huella de una bala de cañón.

Buceamos durante varios días con la esperanza de dar con algún resto de la batalla. Al último contraluz de la tarde del quinto día, llamó mi atención la forma de una roca cubierta de posidonia, que, hasta entonces, había pasado desapercibida. La limpiamos de algas y arena. Era el mascarón de proa de un barco, una escultura de madera y bronce que representaba una mujer con una flor de cinco pétalos en la mano derecha, una variante de azucena marina que sólo crece en la costa del Cabo de Gata y en unos pocos lugares del norte de África y que, precisamente, de acuerdo a los documentos del Archivo Central de la Armada, figuraba en la bandera del pirata Alí Ben Jasul.

Segunda Parte: La batalla
Todo aquello que precede al combate, es ya parte de la batalla. La imaginación anticipa el olor de la pólvora, la carne quemada, la sangre… El soldado experimentado puede oír antes de tiempo el estruendo de los cañones y los gritos de los heridos. Los sentidos alerta construyen un escenario a medio vivir y lo pueblan de imágenes. Cuando la lucha comienza, ya no resulta tan aterradora.
Un velero surca el mar bajo la penumbra sobria de una luna menguante, que ofrece luz suficiente para ver sin ser visto. El mar, quieto como un espejo. Sopla un viento de seis nudos. Las cuadernas crujen y las escotas cuelgan de las velas medio vacías. Desde la proa, Alí Ben Jasul dicta las últimas órdenes a veintidos hombres sin nada que perder, es decir, con todo lo ganado en batallas desiguales despilfarrado de antemano. Hombres armados hasta los dientes sin patria ni ley que navegan bajo la bandera más negra y el sol más negro, rumbo suroeste, a seis millas del castillo de San Ramón donde tendrá lugar el intercambio. El capitán pirata pagará al duque Juan un tesoro por la mujer que ama. Ella lo maldice en público para guardar las apariencias, pero en secreto, ansía que llegue la noche porque está enamorada del pirata. El duque, con treinta soldados bien armados ha preparado una emboscada. No tiene intención de entregar a la mujer; sólo ambiciona el botín y la cabeza del pirata.
Esto es, más o menos, lo que pudimos averiguar a partir de los escasos documentos que se refieren a este suceso, incluyendo el diario de a bordo de un buque llamado “Almahat”, propiedad de Alí Ben Jasul. El resto de la historia son conjeturas. Es de suponer que Alí Ben Jasul, desembarcara al grueso de sus hombres al norte del castillo con varias horas de adelanto en previsión de una emboscada. No sabemos si el tesoro desembarcó con ellos, pero parece lógico que Alí permaneciera en la nave con cinco o seis hombres, para arriar todas las velas a la vez y estar el menor tiempo posible bajo el fuego de los cañones, antes de fondear al abrigo de las dunas fósiles. Los primeros disparos de cañón, a la luz escasa de una luna nublada, debieron de llegar demasiado tarde y es poco probable que los hombres apostados en las dunas esperasen un ataque por la retaguardia. Cuando la emboscada del duque Juan fracasó, se refugió en la torre del homenaje con la mujer y los supervivientes y dio orden a los artilleros de disparar contra las dunas. Debió de ser entonces cuando una bala de cañón las atravesó limpiamente y partió en dos la quilla del barco pirata, hundiéndolo de inmediato. Quizás entonces, Alí Ben Jasul negoció la entrega de su amada, a cambio de las vidas de los sitiados y se dio a la fuga con ella en el navío del duque anclado en el Playazo.

Tercera Parte: La búsqueda
En cuanto al tesoro, no nos fue posible aclarar si seguía oculto en alguna cueva o naufragó con el barco o Alí Ben Jasul lo entregó años más tarde como pago por la Isleta del Moro, donde se estableció al abandonar la piratería. Así que buceamos la costa de cabo a rabo desde la playa del Corralete a la de los Muertos, pero no encontramos rastro del tesoro.
La mañana del 1 de septiembre, a ocho metros de profundidad cerca de las isletas de dunas fósiles que hay al norte del Playazo llamó nuestra atención una grieta de unos cuarenta centímetros de anchura, demasiado estrecha para atravesarla con las botellas de buceo. A su través vimos lo que parecía el fondo de una cueva cubierta de posidonia. Decidimos intentar el acceso desde tierra. Esa misma tarde, cargados con nuestros equipos, escalamos una escarpada pendiente de rocas irregulares. Desde la cima circular vimos la caldera de un pequeño volcán parcialmente inundada. En su interior crecían cientos de azucenas que dibujaban en la pared una media luna blanca . El nivel del agua estaba diez metros por debajo de nosotros. Saltar era demasiado arriesgado. Lastramos dos equipos de buceo y los descolgamos hasta el agua, con idea de alcanzaros después de atravesar la grieta en apnea desde el mar al día siguiente.
Nos acostamos en seguida, rendidos por el esfuerzo. Soñé con tesoros y azucenas marinas. A eso de las dos de la madrugada desperté sobresatado. La luna menguante brillaba en el cielo. Desperté a mi amigo. “Tiene que ser ahora”_ le dije_ “¿Por qué ahora?”_ “Por la luna”.
La luz de las linternas iluminaba el coral naranja del arrecife. Atravesamos la grieta con cierta dificultad y accedimos al fondo del volcán. La luz de los focos arrancaba innumerables destellos verdes. Sí. La mejor forma de ocultar un objeto es mezclarlo con sus iguales. Un libro valiosísimo, en la biblioteca de un pueblo perdido. Diamantes en una cubitera de hielo. Cientos de esmeraldas, entre la posidonia, para que solo brillen bajo la media luna a la luz de las linternas.

Epílogo: Del diario de a bordo del capitán del “Almahat”, Alí Ben Jasul.
Archivo Central de la Armada. Tomo 37. Capitulo 123. Paginas 1234-35.

Donde había sombra, ha vuelto la luz. No necesito dar sentido a mis tripas porque, al final, cuentan más que la razón. Hoy no necesito pensar. Puedo sujetar mis emociones de pirata pero no las otras. Porque siento ahora y es ahora cuando sé por qué. Hay una causa mejor que la arena de la playa de piedras diminutas. Mejor que el oro. Hay tripas y corazón y luna. Hay a barlovento una orilla despellejada con su esqueleto de conchas. Hay manos correosas al timón. Hay islas llovidas de antemano que brillan a plena luna como si supieran lo que les espera. Hay una estela y niebla; pero sobre todo, ahora hay una boca y es la de ella que ríe y canta en la proa. No siento miedo. Tengo certeza y voluntad. Hemos navegado roca y vidrio hasta un buen puerto escondido. Lo conseguimos. Sí. Abro otra botella de vino. Ella, tan guapa bajo la luna, no para de reír y bailar porque hemos sobrevivido a la batalla. Su alegría contagia. Su risa contagia. Reímos como locos en la cubierta, ebrios de vino y estrellas y fortuna. Tuvimos que ocultar las esmeraldas, pero volveremos a buscarlas. No tenemos nada y tenemos todo. El mar. La costa. Somos libres, piratas fugitivos, ricos en estrellas.

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