El registro de luz (cuento de NAVIDAD)

Autores: Jaime Fernández de Bobadilla Osorio, Lucía y Laura Fernández de Bobadilla Masedo

A las ocho y diez del seis de enero de 2017, es decir, exactamente veinte minutos antes de la hora del amanecer, en un diminuto pueblo de la provincia de Soria llamado Villanueva de Gormaz, brilló una luz más intensa que la del sol de mediodía y sus habitantes despertaron deslumbrados. Intentaré describir con objetividad lo que a continuación sucedió, de acuerdo al testimonio de los vecinos; pero es mejor que antes explique algunas cosas.

¿Quién no se ha preguntado cómo los Reyes Magos tienen tiempo en una sola noche de llevar regalos a todos los niños del mundo? Unos dicen que delegan su tarea en voluntarios, otros que tienen pajes, pero nadie sabe a ciencia cierta cómo lo hacen. A finales del siglo XX, un astrónomo canario a punto de jubilarse llamado Hernán Domínguez, que había vivido obsesionado con la Estrella de Oriente, enunció una teoría. Según sus cálculos, en el mundo hay mil doscientos millones de hogares con niños. Una línea que los uniera a todos tendría algo más de nueve mil millones de kilómetros de longitud. Los Reyes Magos viajando a la velocidad de la luz tendrían tiempo de llevar sus regalos antes del amanecer del día seis de enero y aún dispondrían de veinte minutos. Hernán intentó publicar sus datos de fotometría por satélite, obtenidos durante sus años como investigador en el Observatorio Astronómico del Teide; pero el registro de luz original había sido destruido por las inundaciones de los años ochenta y, sin esos documentos, los editores científicos rechazaron el trabajo.

Mi periódico me envió a Villanueva de Gormaz al día siguiente de la publicación del extraordinario suceso del seis de enero de 2017 en un diario local. En el pueblo no vive ningún niño, sólo unos cuantos ancianos, así que no llegan los Reyes. Pues bien, todos los testigos coincidieron en que, poco antes del amanecer, vieron con sus propios ojos a Melchor, Gaspar y Baltasar a lomos de sus camellos, envueltos en la luz de una estrella. Además, uno de los vecinos vio cómo entraban por la ventana de la casa que está junto a la iglesia.

La casa era pequeña y de piedra. Llamé con los nudillos a la puerta de madera. Abrió un anciano enjuto, de barba muy blanca y ojos medio transparentes que me recibió con una sonrisa feliz. En la reducida estancia había artilugios, telescopios y mapas de estrellas por todas partes, que apenas dejaban espacio para una mesa y cuatro sillas. Sobre la mesa, una cafetera y cuatro tazas casi vacías. Llamó mi atención una caja grande que había junto a la ventana. Estaba envuelta en un papel de regalo muy bonito, decorado con constelaciones diminutas que brillaban como si tuvieran luz propia. El anciano dijo: “Aún no lo he abierto. Me da pena estropear un papel tan magnífico. Además, creo que ya sé lo qué contiene ¿Y sabes una cosa?” -continuó- “Siempre me había preguntado qué harían con esos veinte minutos de más. Ahora lo sé. Los guardan para, de vez en cuando, visitar a un viejo amigo.”

Epílogo (prólogo).

El día de NAVIDAD de 2016, con mucha antelación para que llegara a tiempo, se dispuso a escribir su carta a los Reyes Magos, igual que hacía cuando era niño. En la reducida estancia había artilugios, telescopios y mapas de estrellas por todas partes, que apenas dejaban espacio para una mesa y cuatro sillas. El viejo astrónomo se sentó, cogió una hoja en blanco y escribió con esmero:

Queridos Reyes Magos,

Quiero que volváis. 

 

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