A mis amigas de la Unidad Coronaria, las enfermeras Nieves y Elvira, que se van a trabajar a otra lugar; pero se quedan.

Escribo para daros las gracias, queridas amigas, compañeras, por todo. Y para deciros que os voy a echar de menos entre estas nueve camas. Casi siempre nueve enfermos que, a veces, van de paso, sin pena ni gloria, como si nunca hubieran estado enfermos y otras, nos ponen a todos a pelear con la muerte. Luego, la euforia de ver que el esfuerzo ha servido para mucho; o quitarse los guantes con rabia o ni una cosa ni otra.
Hay peleas que dejan huella. Hay, sobre todo, personas que dejan huella como mis amigas Nieves y Elvira, siempre dispuestas a hacer lo que haga falta. Que se parten el alma y la entregan partida, para que todo salga como tiene que salir en primera línea, dónde no queda a veces aire ni sangre ni saliva; solo tubos, olores, prisas, ruidos innumerables y corazones de todas clases en la línea donde se para el corazón, de hora en hora (de todos) por un rato. Hay personas, como Nieves y Elvira que ayudan a todos los que llegan (cuando llegamos y después) a enterarnos de qué va esto y nos enseñan lo que importa en realidad porque tienen manos para todos y ojos para todo; y saben lo que hay que saber y más; y hacen lo que hay que hacer y más por los enfermos y los sanos.

Dicen que se van; pero yo creo que dejan una huella tan honda que no se van.
Así que no me despido: nadie se ha ido.

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