¡Joder! ¡Qué calor! (un nuevo relato)

¡Joder! ¡Qué calor!
Autor: Jaime Fernández de Bobadilla

A Emilio Gormaz le despertó un calor infernal antes del amanecer. Recordó su investigación, pero el calor le impedía pensar con claridad. Se encontraba entre bloques de sal. Sobre el horizonte convexo, una luz púrpura, como una aurora boreal. El agua de una charca se había evaporado casi por completo. Bebió un sorbo en la concavidad de la mano. Tenía un sabor metálico. El agua estaba muy caliente. Consiguió llenar parcialmente su cantimplora de plástico duro. Escudriñó el cielo. El sol, aún no había rebasado el horizonte. Tenía que salir de allí enseguida si quería sobrevivir. En su mochila encontró un termo lleno de té, un viejo termómetro, una cuerda de escalada, una brújula, una sábana blanca y un cuaderno de notas. Improvisó una túnica con la sábana para resguardarse del calor, como un nómada del desierto.

La temperatura iba en aumento. Tanto que el sudor se evaporaba. Tanto que apenas podía pensar. Atravesó cañones de rocas amorfas de color gris oscuro. Descendió por el cauce de una especie de arroyo seco. El suelo era negro y brillante. En la distancia vio el reflejo de algo parecido a un lago. Al llegar a su orilla, comprobó que no contenía agua, sino un líquido aceitoso que desprendía vapor a alta temperatura. Caminó hacia el norte. En la distancia, el horizonte se extendía ligeramene curvo en todas direcciones, como si estuviese en el fondo del cono de un volcán. Cincuenta y seis grados. El plástico de la cantimplora se había reblandecido, así que apuró el agua que quedaba y la tiró. Solo contaba con el té caliente del termo. La tierra de textura metálica ardía. La suela de las botas se pegaba al suelo a cada paso.

La pendiente ascendía escarpada. Llamaradas rojizas de un oculto sol de justicia dibujaban trazos anárquicos en el cielo de pasta gris. Aún al límite de sus fuerzas, Emilio Gormaz había decidido que no iba morir en aquel lugar. No sin antes dar a conocer el progreso de su experimento. Estaba muy cerca de encontrar la fórmula correcta. Bebió unos sorbos de té y continuó avanzando. Pronto la pendiente se hizo muy pronunciada. La superficie era lisa, pero salpicada de rocas amorfas y cubos blancos, como gigantescos cristales de sal, podía escalarse con ayuda de una cuerda. En una grieta encontró una esfera brillante, como una gran gota de agua. Cuando la tocó se deshizo en un efímero arroyo humeante. Sudor ardiente. Vapor. Quemaduras en los antebrazos y en los pómulos. El último tramo antes de alcanzar la cima fue agotador.

La escalada terminaba en una meseta larguísima de roca metálica reluciente y plana. Cincuenta metros de anchura. No pudo determinar la longitud debido al humo, pero presentaba una suave curvatura hacia el sur. El termómetro marcaba sesenta y ocho grados. Cruzó transversalmente la meseta. Un abismo se extendía al otro lado. Al fondo resplandecía un fuego púrpura. Era imposible descender por ahí. Bebió el resto del té. Reunió todo su ánimo, se deshizo de todo lo que resultaba inservible y continuó la marcha por el borde norte de la cima.

Durante los escasos segundos en que se disipó el humo pudo ver que la meseta formaba un círculo de varios kilómetros de diámetro y que una roca negra y alargada, sobresalía perpendicular al círculo, suspendida en el vacío. Se dirigió a ella y la siguió hasta su extremo. Al final del camino había treinta y nueve grados. Se sentó un rato y, entonces, más lúcido debido al descanso y la bajada de la temperatura, recordó algo. Cogió sobresaltado su cuaderno de notas, buscó la última página escrita con dedos temblorosos y leyó sus propias palabras “Me estoy acercando mucho. Para conseguir un proceso homogéneo, es necesario introducir una variante química fundamental. Hay que añadir más sodio. Esa es la clave. Estoy seguro de que esta vez he dado con la fórmula correcta para conseguir la transformación molecular homogénea, es decir, el secreto para reducir un ser vivo a cientos de veces su tamaño original sin modificar su estructura. Añadiré sal y calentaré la pócima a fuego lento. Cualquier recipiente servirá. Una sartén, por ejemplo ¿Por qué no?”

Fue entonces cuando Emilio Gormaz, comprendió que era un hombre diminuto, en el extremo del mango de una sartén.

2 Respuestas a “¡Joder! ¡Qué calor! (un nuevo relato)

  1. Hola Jaime,
    he descubierto tu blog de relatos gracias a la pagina Facebook de mi amigo Jose Luis Merino, y he estado curioseando, me ha encantado !
    No sabia que escribias ni que incluso habias publicado !
    Me gusta mucho como escribes, las ideas y el estilo.
    Me alegro de haber encontrado este blog !
    Besos
    Maria José

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