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El registro de luz (cuento de NAVIDAD)

Autores: Jaime Fernández de Bobadilla Osorio, Lucía y Laura Fernández de Bobadilla Masedo

A las ocho y diez del seis de enero de 2017, es decir, exactamente veinte minutos antes de la hora del amanecer, en un diminuto pueblo de la provincia de Soria llamado Villanueva de Gormaz, brilló una luz más intensa que la del sol de mediodía y sus habitantes despertaron deslumbrados. Intentaré describir con objetividad lo que a continuación sucedió, de acuerdo al testimonio de los vecinos; pero es mejor que antes explique algunas cosas.

¿Quién no se ha preguntado cómo los Reyes Magos tienen tiempo en una sola noche de llevar regalos a todos los niños del mundo? Unos dicen que delegan su tarea en voluntarios, otros que tienen pajes, pero nadie sabe a ciencia cierta cómo lo hacen. A finales del siglo XX, un astrónomo canario a punto de jubilarse llamado Hernán Domínguez, que había vivido obsesionado con la Estrella de Oriente, enunció una teoría. Según sus cálculos, en el mundo hay mil doscientos millones de hogares con niños. Una línea que los uniera a todos tendría algo más de nueve mil millones de kilómetros de longitud. Los Reyes Magos viajando a la velocidad de la luz tendrían tiempo de llevar sus regalos antes del amanecer del día seis de enero y aún dispondrían de veinte minutos. Hernán intentó publicar sus datos de fotometría por satélite, obtenidos durante sus años como investigador en el Observatorio Astronómico del Teide; pero el registro de luz original había sido destruido por las inundaciones de los años ochenta y, sin esos documentos, los editores científicos rechazaron el trabajo.

Mi periódico me envió a Villanueva de Gormaz al día siguiente de la publicación del extraordinario suceso del seis de enero de 2017 en un diario local. En el pueblo no vive ningún niño, sólo unos cuantos ancianos, así que no llegan los Reyes. Pues bien, todos los testigos coincidieron en que, poco antes del amanecer, vieron con sus propios ojos a Melchor, Gaspar y Baltasar a lomos de sus camellos, envueltos en la luz de una estrella. Además, uno de los vecinos vio cómo entraban por la ventana de la casa que está junto a la iglesia.

La casa era pequeña y de piedra. Llamé con los nudillos a la puerta de madera. Abrió un anciano enjuto, de barba muy blanca y ojos medio transparentes que me recibió con una sonrisa feliz. En la reducida estancia había artilugios, telescopios y mapas de estrellas por todas partes, que apenas dejaban espacio para una mesa y cuatro sillas. Sobre la mesa, una cafetera y cuatro tazas casi vacías. Llamó mi atención una caja grande que había junto a la ventana. Estaba envuelta en un papel de regalo muy bonito, decorado con constelaciones diminutas que brillaban como si tuvieran luz propia. El anciano dijo: “Aún no lo he abierto. Me da pena estropear un papel tan magnífico. Además, creo que ya sé lo qué contiene ¿Y sabes una cosa?” -continuó- “Siempre me había preguntado qué harían con esos veinte minutos de más. Ahora lo sé. Los guardan para, de vez en cuando, visitar a un viejo amigo.”

Epílogo (prólogo).

El día de NAVIDAD de 2016, con mucha antelación para que llegara a tiempo, se dispuso a escribir su carta a los Reyes Magos, igual que hacía cuando era niño. En la reducida estancia había artilugios, telescopios y mapas de estrellas por todas partes, que apenas dejaban espacio para una mesa y cuatro sillas. El viejo astrónomo se sentó, cogió una hoja en blanco y escribió con esmero:

Queridos Reyes Magos,

Quiero que volváis. 

 

La licencia Creative Commons afecta a “El registro de luz, cuento de Navidad”. Este relato puede reproducirse bajo licencia Creative Commons siempre que se citen los autores, se haga sin ánimo de lucro y se reproduzca literalmente. Además deberá mencionarse como fuente el presente blog: http://novelasolsticios.com/

El ajedrez como herramienta educativa en la escuela secundaria. Grupo Ajedrez GANESOPIERDAS

El ajedrez como herramienta educativa en la Escuela Secundaria: mucho más que un juego

 

Nuevo miembro del grupo: Federico Marín Bellón (2 de enero 2016)

GANESOPIERDAS (Grupo Ajedrez Nuevo en la Escuela Secundaria: Otro Paso Innovador para Encarar los Retos del Desarrollo del Alumno del Siglo XXI):

Jaime Fernández de Bobadilla, Gabriel Fernández de Bobadilla, José María Carreras Menaut, José Cuerva, Federico Marín, Román G. Almendros, Rafaela Arévalo, Juan C. Arroyo, José L. Bautista, Angel M. Benavente, Juan F. Díaz, Rafael Gómez, Margarita Jiménez, María J Martínez, María J Puchol, África Quiroga, Francisco Ramos y Gemma Torres.

 

La biblioteca de Caissa (o la genética del ajedrez)

Autor: Jaime Fernández de Bobadilla

Este relato breve de ficción es la segunda parte de “El granero de Caissa“, aunque se puede leer independientemente.

Agradecimiento a mi hermano Gabriel por su contribución con alguna de las ideas del relato y comentarios a la penúltima versión. 

Me había jurado a mí mismo (y a otros) no volver allí. Después de quedarme encerrado en el templo de Caissa tuvé pesadillas durante meses. Mis pesadillas tenían que ver con prisiones, tumbas o criptas. Me levantaba sudando de madrugada y ya no lograba conciliar el sueño. En varias ocasiones tuve un sueño que reproducía, con diversas variaciones, el relato de Poe “El entierro prematuro” en el que describe, magistralmente, las emociones primarias de un sujeto que ha sido (o cree que ha sido) enterrado vivo. Incluso me desperté recitando a gritos el texto final del relato “la torva legión de los terrores sepulcrales no se puede considerar como completamente imaginaria, pero los demonios, en cuya compañía Afrasiab hizo su viaje por el Oxus, tienen que dormir o nos devorarán…, hay que permitirles que duerman, o pereceremos”. Considerando que esté relato lo leí en mi infancia, hace muchos años, me parece extraordinario y aterrador que esas palabras estuvieran enterradas (pero vivas) en algún lugar de mi memoria. Estos involuntarios recitales nocturnos acabaron con mi relación amorosa con Jenny Suavert, de la que estaba locamente enamorado, y meses después también con Melissa Hamilton, una rubia escocesa bastante divertida que había cubierto el vacío que dejo Jenny. Después de Melissa decidí que nunca volvería a dormir con nadie y que, si alguna vez tenía una amante, nunca permitía que el sueño me cogiera con ella por sorpresa.

Cuento todo esto porque quiero (necesito) explicar por qué hice lo que hice. No me gustaría que alguien pensara que fui temerario o estúpido (aunque tal vez lo fui) porque eso pondría en cuestión la credibilidad de mi relato. Hace dos semanas volví a soñar con el relato de Poe. En este sueño, asumí la personalidad de una mujer, Victorine Lafourcade, que fue maltratada a manos de su marido, un banquero llamado Renelle y enterrada viva tras ser dada por muerta por error. Cuando en mi sueño Victorine, es decir, yo mismo, se encontraba en la cripta, oyo una voz que decía: “No tengo nombre en las regiones donde habito, fui diosa y ahora soy un espectro pero tú debes llamarme Caissa y debes resolver el problema que dejaste pendiente”. Otra vez, frases como las de “El entierro prematuro” de Poe. Me desperté solo (como siempre desde Melissa) con aquel reproche de Caissa dando vueltas en mi cabeza: “…debes resolver el problema que dejaste pendiente”. Repasé mentalmente mi aventura en el templo de Caissa y pronto comprendí que se refería al final de damas de la caja de Caissa. Pasé varios días pensando en el problema hasta que resonó en mi cabeza “chaturanga” como una especie de ¡Eureka! ¡Eso es! (Esa es) Esa es la razón por la que no fui capaz de resolverlo en su momento: aquel final de damas no es un final de ajedrez, sino de chaturanga y en ese juego el movimiento de la dama no es de largo alcance, se limita a una casilla. Me obsesioné de tal manera con aquella posición que no pude pegar ojo hasta que, cinco días y cinco noches después, como Afrasiab en su viaje por el Oxus, encontré la solución: ganan las negras con independencia de quien comience la partida. Ahora, amigo lector, te será fácil comprender por qué hice lo que hice. Sí. Volví allí. Por supuesto que volví. ¿Qué hubieras hecho tú?

Volver. Hubieras vuelto al Lago Deuga. Para no tener más pesadillas aunque, a pesar de todo, las tuve. Y, desde que inicié el viaje a Jaisalmer, mis sueños ya no tenían que ver con ser enterrado en vida, sino con inundaciones claustrofóbicas. Pero no al estilo de Poe, sino bajo el agua. Quizá por mi afición al buceo o porque el templo de Caissa se encuentra oculto bajo un lago.

Recuerdo una primavera diez años atrás, justo después de obtener el título de Open Water, en que me empeñé en hacer una inmersión y no encontraba ningún club de buceo que estuviera dispuesto a hacer inmersiones después de las tormentas, con aquel agua color chocolate por el barro de las ramblas. Recuerdo que llamé por teléfono a diestro y siniestro hasta dar con un grupo suficientemente insensato, bien al norte del Cabo de Gata, ya fuera del parque, para bajar sin visibilidad alguna a 35 metros en busca de un pecio. Recuerdo esa pregunta que todos los buceadores se han hecho alguna vez ¿Qué coño hago yo aquí? Eso. ¿Qué hacía en el agua helada, sin visibilidad, con unos tíos que no conocía de nada?

Esa es la clase de pesadillas que tuve antes de partir hacia de nuevo al templo de Caissa: innundaciones y oscuridad. Estaba dominado por la incertidumbre y, sobre todo, resuelto a resolver sobre el tablero del templo de Caissa aquel problema de ajedrez, mejor dicho de chaturanga, y a seguir los pasos de Caissa que, aquellos días, eran los míos. Durante algunos ataques de sensatez me planteé en serio abandonar pero no lo hice. Me convencí a mí mismo de que el riesgo era asumible con un equipo experto. Contraté un guía local. Solicité los permisos oficiales. Y me inundé cuidadosamente bajo una montaña de papeleo para olvidar otras inundaciones. Lo hice todo “según el libro” con ese cuidado nervioso con el que suelen prepararse las aventuras más descabelladas, para estar seguros de poder culpar al azar cuando las cosas vayan mal.

***

Hoy, por fin, a orillas del Degua. He bajado a mi particular habitación del pánico donde fui enterrado vivo. El lugar de donde escapé haciendo explotar la batería de un ordenador portátil. He bajado con mi viejo amigo Frank Edward. A veces pienso que es incluso más irresponsable que yo y que, si por él hubiera sido, hubiéramos entrado hace meses sin preparación alguna. Nuestros focos de luz halógena iluminan el tablero del templo de Caissa. Muevo las piezas en el orden correcto. Primero con blancas. No ocurre nada. Coloco la posición inicial y resuelvo el problema con negras. Esta vez, un zumbido. Un resorte se activa. Gira un engranaje en alguna parte. En la pared de enfrente se abre una puerta. Corremos hacia ella. A la luz escasa de la linterna no alcanzamos a ver los límites de la sala. Poco a poco, como por arte de magia, a medida que nuestros ojos se acostumbran a la oscuridad, surgen de la nada innumerables estanterías de madera. En cada estantería, se agolpan rollos y volúmenes heterogéneos. Frente a nosotros, la biblioteca de Caissa.

En la biblioteca de Caissa no hay tabiques ni columnas. Los propios estantes sujetan el techo y forman pasillos. Están divididos en secciones de sesenta y cuatro metros de longitud. En cada sección hay libros o rollos relacionados con el ajedrez junto con volúmenes que tienen que ver otras disciplinas: desarrollo humano, catástrofes naturales, tecnología. A medida que recorremos los pasillos y nos adentramos en la biblioteca, el juego evoluciona. El chatarunga de las estanterías originales da paso a juegos cada vez más sofisticados. El pasillo central lleva al ajedrez actual y los pasillos laterales a variantes heterogéneas. Aún no hemos averiguado cual es el orden que rige la biblioteca, pero está claro que sigue un patrón cuidadosamente establecido. Las lenguas de los escritos son innumerables, algunas extintas.

En el extremo del pasillo central hemos encontrado una sala independiente. Un rótulo a la entrada reza: “como sobrevivir al mundo de las máquinas”. Son cerca de mil metros cuadrados de sala y, esta vez sí, pilares y vigas de madera sujetan el techo. Hay unas pocas estanterías adosadas a las paredes. Los volúmenes y rollos están cubiertos por un barniz pagajoso. El resto de la sala lo ocupan máquinas extraordinarias: computadoras mecánicas de ajedrez.

***

Pasan las semanas. Hemos recibido una información inquietante: la petrolera Oil for All ha comenzado a instalarse en la zona. Tienen permiso para perforar. Estan obligados a hacerlo fuera de una radio de diez kilómetros de nuestras excavaciones. Pero el templo de Caissa se extiende varios kilómetros bajo el suelo del lago, así que puede ocurrir cualquier cosa. Nos hemos reunido con Oil for All en varias ocasiones. Se han comprometido a comenzar a perforar en la zona de Keroo, 20 kilómetros al este, para darnos tiempo, pero el tiempo apremia.

Y el tiempo es implacable. En pocos días los acontecimientos suceden a velocidad de vértigo sin darnos tiempo a asimilarlos. Hemos puesto en funcionamiento una de las máquinas, que calcula variantes de ajedrez con una profundidad de 3 jugadas. Hay un extraordinario tratado de estrategia que data del siglo XIV titulado “cómo ganar a la máquina”. Y, lo más importante, tenemos una teoría sobre la biblioteca de Caissa. Podría ser el material genético del juego del ajedrez. Su ADN, preparado para evolucionar y adaptarse a nuevos tiempos. Los documentos prevén diferentes escenarios (diferentes culturas, catástrofes naturales, tecnologías…) y recomiendan un especie de plan de emergencia para que el ajedrez sobreviva en cada uno de ellos como un jugador que ha calculado un árbol de variantes. Sí, nuestra teoría es que la biblioteca de Caissa es un innumerable conjunto de soluciones para que el ajedrez sobreviva pase lo que pase.

***

En el techo del templo han aparecido grietas. Luego goteras. Hasta dos dedos de agua en las zonas más declives de la sala principal. La vieja madera de las estanterías se han curvado por la humedad. Solo quedamos Edward y yo en el templo de Caissa. Ayer ordené al resto del equipo que esperase en la superficie trabajando con el material rescatado. Después de muchos tira y afloja aceptaron a regañadientes dejarnos trabajando allí, como si fuera una especie de privilegio jugarse la vida entre dos aguas.

El agua entra a borbotones por el techo vencido, como en mis peores pesadillas recientes. Hay que salir de allí enseguida. Edward y yo nos hemos mirado y, sin mediar palabra nos hemos dirigido, apresuradamente (lo cual demuestra que no estamos del todo locos), hacia la salida metiendo en nuestras bolsas aquí y allá los pergaminos y libros que flotan echados a perder. Los últimos cincuenta metros los hemos recorrido a nado.

***

Han pasado varios días. Ya más tranquilos, en la superficie, revisamos el material rescatado del templo de Caissa y lo hemos dejado al sol. Está muy deteriorado. Después de todo, el ADN del ajedrez no estaba preparado para una catástrofe de esta naturaleza. En los seres vivos, aquellas mutaciones que por azar resultan ser favorables para sobrevivir en circunstancias adversas, se perpetúan. El azar y la necesidad dominan la evolución de las especies. Jaques Monod, aquel premio Nóbel de química que no parecía químico, decía en su obra “El azar y la Necesidad”: “Sólo el azar está en el origen de toda novedad, de toda creación en la biosfera. El puro azar, el único azar, libertad absoluta pero ciega, en la raíz misma del prodigioso edificio de la evolución: esta noción central de la biología moderna no es ya hoy en día una hipótesis, entre otras posibles o al menos concebibles. Es la sola concebible, como única compatible con los hechos. Y nada permite suponer (o esperar) que nuestras posiciones sobre este punto deberán e incluso podrán ser revisadas”.

Cuando escuché el golpeteo del agua en la lona de la tienda, pensé que el azar, desde luego, no estaba del lado de Caissa porque ninguno de los científicos allí presentes, habíamos contemplado la posibilidad de la lluvia cuando decidimos secar al sol el escaso material rescatado de la Biblioteca de Caissa. En nuestro descargo diré que en aquel desierto no había llovido en los últimos 19 meses. Aún así debimos haberlo previsto y, aún así, todos nos sentimos culpables cuando salimos despavoridos de las tiendas para salvar lo poco que quedaba de la Biblioteca de Caissa de aquel maldito diluvio universal que el azar había desencadenado en pleno desierto. Pero lo último que necesitaban aquellas páginas antiguas deterioradas por el agua era más agua.

Pensará el lector, como pensé yo, que nos quedamos sin nada porque el azar así lo había querido. Pero quiso la suerte (que es como los jugadores llamamos al azar) que en medio de aquel desastre arqueológico Edward encontrara una página en perfecto estado. Era la última página (número 64) de un manuscrito y estaba recubierta por un barniz pegajoso y, tal como comprobamos con asombro, impermeable. Y claro, donde estaba aquella, tenía que haber más. Y a estas alturas seguro que el lector comprenderá que tenía que volver allí y jugarme la vida por tercera vez.

***

Es imposible acostumbrarse al miedo. El agua era color chocolate, como cuando descendía por el cabo del ancla diez años atrás al norte del Cabo de Gata después de las tormentas, solo que entonces no buscaba nada en particular y, ahora, busco 63 páginas impermeables en la sala de las máquinas del templo de Caissa. Encabezo, sólo porque conozco el camino, un equipo de buceadores especialistas en espeleología submarina mucho más expertos que yo y trato de no parecer aterrorizado. Me gasté una pequeña fortuna en traerlos de Valdoara. Ibamos dejando cordajes guía, como Teseos en el laberinto equivocado, para encontrar el camino de regreso y, a intervalos botellas de aire con su regulador. Afortunadamente en la sala de máquinas hay muy pocos libros. A la luz de las linternas vamos recogiendo páginas. Solo queda una. Apenas 30 bares de presión en las botellas. La última página que encontramos es la primera, porque al ser más gruesa reposa en el fondo. La ilumino con la linterna y puedo leer el título del manuscrito: Ajedrez Neoclásico: una nueva evolución del juego

Volvemos a la luz del sol.

El granero de Caissa (un nuevo relato)

Autor: Jaime Fernández de Bobadilla.

Agradecimiento a Gabriel Fernández de Bobadilla por sus valiosos comentarios a la penúltima versión del relato.

Son, exactamente, las 21:50 del 29 de agosto de 2005. Acabo de despertar y no, no fue un mal sueño. Sigo encerrado en una sala a unos 40 metros de la superficie. Estoy en algún lugar del desierto de Tahar en la provincia india del Rajastan. No sé si volveré a ver la luz del sol. No sé si saldré de aquí con vida. Escribo en mi cuaderno a la luz de una linterna. Tengo en la mochila mi ordenador portátil con la batería cargada, un teléfono móvil que no me sirve para nada, una cantimplora medio llena, un viejo mechero Zippo que uso normalmente para encender fuego y una carga de gasolina para el mechero. No tengo comida. No sé cuánto tiempo durará la luz de la linterna. Miro a mi alrededor. La sala es un cubo de unos diez o doce metros de lado. Tal vez más. Las paredes son de arcilla y el suelo está cubierto de baldosas grandes de cerámica, también cuadradas. Alternan baldosas claras y oscuras. Forman un tablero de ajedrez. Sobre las baldosas hay piezas de ajedrez también de arcilla. Los peones miden unos cincuenta centímetros. El rey es casi el doble de grande. La posición que hay en el tablero un final de damas y peones. El material está equilibrado: dos peones blancos y dos negros. De la dama blanca sólo quedan pedazos (la destrocé intentando abrir la puerta). Hay una gotera en el techo que forma un pequeño charco en el centro del tablero. El agua se filtra por las rendijas entre las baldosas del suelo.

En la sala hay una única puerta de arcilla, la pesada puerta por la que entré hace apenas unas horas. Cuando pisé la casilla e1, donde el rey blanco comienza la partida, creo que se activó un resorte y al cabo de unos segundos la puerta de cerámica se cerró. Sí. Ya he intentado abrirla, sin éxito, de muchas maneras. Empujando. Haciendo palanca en la rendija entre el marco y la puerta. Saltando sobre todas las casillas del tablero. Golpeando la puerta con la dama blanca hasta hacerla pedazos. Luego me quedé dormido, de puro cansancio.

Apago la linterna para ahorrar batería. Intento tranquilizarme y pensar en la oscuridad. Está claro que, quien construyó aquello, preparó una trampa para quien profanase la sala. Quiero pensar que dejó una salida. Hay una posición en el tablero. Quizá un problema. Si encuentro la solución, se activará otro resorte. Enciendo la luz de la linterna y trato de calcular algunas variantes. Es un final de damas. Supongamos que juegan blancas. Pueden hacer tablas por jaque continuo fácilmente. Si intentan ganar, parece que pierden un peón y la partida. No sé ¿Y si juegan negras? Si juegan negras la cosa es muy parecida. No hay nada mejor que el jaque continuo. Parece una posición de tablas. No sé. Enciendo mi ordenador y compruebo que son tablas. Así no encontraré una salida.  ¿Y si es algo mecánico? Puede que saltando sobre las casillas del tablero donde están colocadas las piezas… No. Eso tampoco funciona.

Volveré al principio. Si parto de cero y consigo hacerme una idea de cómo eran las personas que construyeron aquel lugar, encontraré la forma de salir. Sí. Eso es. Tengo que volver al principio: Hasta esta noche (esta noche ya no sé qué pensar) creía que detrás de las leyendas fantásticas, siempre hay una explicación racional. Me fascina encontrar donde está el truco. Por eso he investigado muchas historias y por eso estudié Historia Antigua en Cambridge. En realidad, fui allí a aprender inglés y luego me quedé, pero esa sí es otra historia. Decía que he investigado numerosas leyendas. No siempre averiguo a ciencia cierta qué ocurrió, claro; pero me conformo con encontrar una forma de explicar cómo pudo suceder. Es importante amigo lector (si es que alguna vez hay un amigo lector para lo que ahora escribo) que entiendas que mis palabras no son las de un historiador, sino un grito de auxilio para el futuro. Una especie de mensaje en una botella. Ahora mismo daría lo que fuera por ser un náufrago en una isla desierta y no un cautivo bajo tierra.

Comencé a investigar la leyenda del origen del ajedrez en el invierno de 2002. Supongo que no fue la decisión de un momento concreto, sino más bien un proceso. Y también una casualidad, porque a principios del verano de 2005 fui a la India para dar una conferencia en la Universidad de Bengasi… Luego seguiré con eso… Decía que empecé a investigar la leyenda del origen del ajedrez. Influyó, seguro, mi afición al juego. Por si no la conoces, resumo la historia: Un antiguo sultán se aburría y pidió a un sabio que creara un juego nuevo para él. El sabio inventó un juego llamado chaturanga (el antecesor del ajedrez) y el sultán quedó tan encantado que le ofreció cualquier cosa que quidiera. El sabio pidió al sultán  un grano de trigo por la primera casilla del tablero, dos por la segunda, cuatro por la tercera así en progresión geométrica hasta la casilla 64. Cuando los matemáticos de la corte hicieron el cálculo (2 elevado a 64 menos 1) la cifra resultante era tan descomunal que ni todo el trigo del mundo sería suficiente. Hasta ahí la leyenda. Después los hechos más fáciles de comprobar. Es conocido que el chaturanga se extendió por Persia, Rusia, China y Europa. En el siglo XV tomó la forma del ajedrez actual. Y, por último, lo más difícil. Lo que se consigue tirando del hilo y de contactos. Así tuve acceso a un manuscrito recibido en el septiembre de 1996 por la revista Arqueology. La autora era una arqueóloga francesa llamada Francoise Laming, que daba por entonces clases en la Universidad de Bengasi. Revelaba que, en algún lugar del Thar, un extenso desierto (más extenso que toda Inglaterra) al noroeste de la India, había restos de una construcción de arcilla, que según sus datos, llegó a medir varios kilómetros de longitud. También aseguraba en su artículo, y esto es lo más extraordinario, que aquella construcción era un granero. No quiso desvelar donde estaba exactamente, y el manuscrito fue, lógicamente, rechazado por el editor. Al principio me pareció una historia descabellada y no le di ningún crédito. Pero, cuando en la primavera de 2005 me invitaron a dar una conferencia en Bengasi, me pareció que no perdía nada hablando con la arqueóloga. Era una mujer de unos cuarenta, segura de sí misma pero algo esquiva. Intenté convencerla de que me llevara hasta el granero pero no quiso hacerlo. Dijo que era peligroso. Intenté sonsacarle. Incluso hice burlé un poco de su gigantesco granero enterrado para provocar una respuesta. Ella simplemente zanjó la conversación con una frase que sólo luego cobraría sentido: “el granero no está exactamente enterrado”.

En cualquier caso, después de hablar con ella, estaba casi seguro de que decía la verdad y no pude evitar seguir adelante (¿quién podría?). Arrastré a mi pequeño equipo de investigación _ mi amigo y colega el historiador Frank Edward, un joven arqueólogo de Minessota hambriento de fama, un becario danés que odiaba los desiertos, una ingeniera de minas fuerte y decidida y un logista astuto y divertido de origen indio_ a un interminable viaje por las aldeas del Thar. Recorrimos Jaisalmer, Manda, Ratta, Dewar, Hada, Shadan, Bada, Builli y finalmente llegamos a Shri Mohangar a orillas del lago Deuga. Después de muchas horas de trabajo y casi sin presupuesto, decidimos que lo mejor era que continuáramos la búsqueda solo Frank y yo. Si encontrabamos algo importante, los demás volverían. A mediados de agosto, en un lugar que no puedo revelar, encontramos, dentro de una especie de caverna de pared rojiza, una inscripción latina “Capsa LXIV”, que quiere decir, “caja 64”. Frank viajó de vuelta a Cambrige con varias  muestras. Me envió un mensaje con el resultado del análisis: aquella nave había contenido trigo hace más de dos milenios y, la inscripción latina databa de el siglo I antes de Cristo. Se supone que tenía que haber esperado a que volvieran los demás para comenzar la exploración, porque es muy peligroso hacer solo una exploración subterránea. Pero no lo hice. Estaba demasiado impaciente. Se me ocurrió la loca idea de que, quizá, el sultán de la leyenda existió y que, en efecto, intentó pagar su deuda al sabio. Que el nombre de Caissa, la dríade griega venerada como musa del ajedrez provenía, en realidad, de una asociación posterior con aquella inscripción latina “Capsa”, que quiere decir caja o nave. Que, de alguna forma, el atormentado sultán había intentado compensar al sabio por no poder darle más que una pequeña parte de su recompensa, y había construido aquel granero, que era también, en cierto modo, el templo que dio su nombre a la diosa del ajedrez. Horas después de comenzar aquella imprudente exploración en solitario, acabé encerrado en una cámara de arcilla a 40 metros de la superficie.

Sí. Aquí estoy. Pensando a oscuras en el sultán, en el sabio que inventó el ajedrez, en Caissa. Buscando a oscuras una forma de salir. Enciendo la luz. Recorro las baldosas una a una. Cargo mi peso aquí y allá. Busco activar algún resorte. Nada. No hay salida. ¿Por qué alguien prepararía una trampa así? Aquello era solo un granero. ¿Quizá el sabio era un hombre retorcido y vengativo? ¿Quizá el sultán quiso vengarse de la humillación? No hay salida. Enciendo el ordenador. Juego al ajedrez con la máquina para evitar el pánico. Sufro una derrota tras otra. Todas muy parecidas. Un sorbo de agua. Pasan las horas. Ya no puedo pensar con claridad.  La batería del portátil está a menos de la mitad. No puedo más. Me levanto enloquecido. Quizá haya una salida. Empiezo a golpear la baldosa correspondiente a la casilla e1 con mi ordenador. Quiero averiguar cómo funciona el maldito resorte que me ha dejado encerrado. El ordenador está inservible, pero he conseguido romper la baldosa. Debajo, amigo lector, no hay ningún resorte. Sólo arena que ha cedido bajo mi peso. Sólo una viejísima baldosa que se ha hundido bajo mi peso y el de los siglos. Estoy encerrado por una puerta atascada. No por una diosa vengativa ni un sultán rencoroso. Y sí, ahora sé un sabio y un sultán que construyo un granero y un templo, pero no eran malvados ni preparaban trampas asesinas. Sólo he sido víctima de la temeridad y de la mala suerte. Estoy encerrado y voy a morir.

(…)

Caigo exhausto de nuevo. Duermo a ratos. Sueño con que Caissa está ofendida porque los ordenadores están acabando con el ajedrez. Quiere la revancha. En mi sueño hago una ofrenda a la Diosa Caissa y ella me deja salir. Abro los ojos sobresaltado. Sí ¡Eso es! Me quito la camisa, envuelvo el portátil con ella y la empapo con la gasolina del Zippo. Lo coloco en la ranura entre la puerta y el marco. Leí en alguna parte que las baterías de litio pueden explotar si se calientan lo suficiente  y es verdad.

(…)

A orillas del lago de Gadi Sadar, donde la Ciudad Dorada, Aislamer, fue fundada hace casi mil años siento una profunda alegría. La brisa en la cara, la tonalidad dorada de la arenisca en los muros de la fortaleza, la sensación de estar vivo. Acabo de hablar por teléfono con Edward. El equipo está en Dheli y pasado mañana llegarán a Jaisalmer. Le he mentido y le he dicho que todo va bien y que les estoy esperando.  El no ha creído ni una palabra (sabe que la paciencia no es una de mis virtudes), así que, al final, he tenido que decirle la verdad. Le he contado que he estado a punto de morir. Que me quedé encerrado en la nave 221 número del granero de Caissa. Que, para salir de allí, tuve que sacrificar mi ordenador en ofrenda a la diosa Caissa.

James Box, Jaisalmer, 31 agosto 2005

…………………….

Encontré este cuaderno, por pura casualidad, en un la trastienda de un anticuario de Shri Mohangar de dudosa reputación.  Me confesó a golpe de billetera, que formaba parte del botín que unos delincuentes de poca monta, habían robado a unos arqueólogos europeos en la estación de autobusses de Jaisalmer. Lo mío no es la arqueología, me dedico a hacer perforaciones exploratorias para una compañía petrolífera. Pero soy ajedrecista aficionado y de naturaleza curiosa, así que decidí averiguar quién era en realidad James Box. No me costó mucho trabajo descubrir que no había publicado nada desde el año 2005. Desde luego nada sobre el granero de Caissa. Si su relato es cierto, su intención era mantenerlo en secreto. Al parecer, dejó la arqueología y se dedicó a jugar al ajedrez con un seudónimo. Estoy casi seguro de que está entre los mejores del mundo y, si es quien yo creo que es, según consta en chess results y en la web de la FIDE, nunca ha perdido una partida. Esto despertó aún más mi curiosidad y busqué a Francoise Laming. Cuando le dije que iba a perforar en el lago Deuga. Ella me suplicó que no lo hiciera, me hizo prometerle que guardaría el secreto y me envió escaneado un manuscrito inédito del año 1996 enviado a “Arqueology”.

Uno de los párrafos de la discusión explica: “El granero mide exactamente 6594 metros, que corresponde a 64 naves de 64 dandas cada una. Un danda es una medida india antigua que equivale a 1,61 metros. Es una fracción del joyana, la cienmilésima parte de la distancia entre la tierra y el sol según el Bhagavata-purana. Cada joyana tiene 4 krosha, cada krosha 100 paridesha, un paridesha son 2 raiju, un raiju, 5 dhanu y 1 dhandu son 2 danda, es decir, 1,61 metros” Más adelante explica que, una construcción de arcilla de ese tamaño llena de grano podría haber colapsado las capas superficiales del subsuelo y, posteriormente, al tratarse de un material muy impermeable, recoger todo el agua de lluvia de las zonas circundantes formando un lago. Francoise Laming había escrito a lápiz en uno de los bordes del manuscrito: Cuando el Lago Degua alcanza su máximo nivel de agua, mide exactamente 6594 metros de longitud.

Decidí cancelar la perforación. Mentí en mi informe y dije que era imposible que allí hubiera petróleo. Supongo que pensé que Laming tenía razón y que aquello era el templo de Caissa. Aquel informe deliberadamente equivocado me costó al final el trabajo. No importa. Sé que podré ganarme bien la vida: Aunque hasta ahora yo solo era un aficionado, acabo de ganarle tres partidas seguidas a Houdini.

Caissa es una diosa agradecida.

 

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¡Joder! ¡Qué calor! (un nuevo relato)

¡Joder! ¡Qué calor!
Autor: Jaime Fernández de Bobadilla

A Emilio Gormaz le despertó un calor infernal antes del amanecer. Recordó su investigación, pero el calor le impedía pensar con claridad. Se encontraba entre bloques de sal. Sobre el horizonte convexo, una luz púrpura, como una aurora boreal. El agua de una charca se había evaporado casi por completo. Bebió un sorbo en la concavidad de la mano. Tenía un sabor metálico. El agua estaba muy caliente. Consiguió llenar parcialmente su cantimplora de plástico duro. Escudriñó el cielo. El sol, aún no había rebasado el horizonte. Tenía que salir de allí enseguida si quería sobrevivir. En su mochila encontró un termo lleno de té, un viejo termómetro, una cuerda de escalada, una brújula, una sábana blanca y un cuaderno de notas. Improvisó una túnica con la sábana para resguardarse del calor, como un nómada del desierto.

La temperatura iba en aumento. Tanto que el sudor se evaporaba. Tanto que apenas podía pensar. Atravesó cañones de rocas amorfas de color gris oscuro. Descendió por el cauce de una especie de arroyo seco. El suelo era negro y brillante. En la distancia vio el reflejo de algo parecido a un lago. Al llegar a su orilla, comprobó que no contenía agua, sino un líquido aceitoso que desprendía vapor a alta temperatura. Caminó hacia el norte. En la distancia, el horizonte se extendía ligeramene curvo en todas direcciones, como si estuviese en el fondo del cono de un volcán. Cincuenta y seis grados. El plástico de la cantimplora se había reblandecido, así que apuró el agua que quedaba y la tiró. Solo contaba con el té caliente del termo. La tierra de textura metálica ardía. La suela de las botas se pegaba al suelo a cada paso.

La pendiente ascendía escarpada. Llamaradas rojizas de un oculto sol de justicia dibujaban trazos anárquicos en el cielo de pasta gris. Aún al límite de sus fuerzas, Emilio Gormaz había decidido que no iba morir en aquel lugar. No sin antes dar a conocer el progreso de su experimento. Estaba muy cerca de encontrar la fórmula correcta. Bebió unos sorbos de té y continuó avanzando. Pronto la pendiente se hizo muy pronunciada. La superficie era lisa, pero salpicada de rocas amorfas y cubos blancos, como gigantescos cristales de sal, podía escalarse con ayuda de una cuerda. En una grieta encontró una esfera brillante, como una gran gota de agua. Cuando la tocó se deshizo en un efímero arroyo humeante. Sudor ardiente. Vapor. Quemaduras en los antebrazos y en los pómulos. El último tramo antes de alcanzar la cima fue agotador.

La escalada terminaba en una meseta larguísima de roca metálica reluciente y plana. Cincuenta metros de anchura. No pudo determinar la longitud debido al humo, pero presentaba una suave curvatura hacia el sur. El termómetro marcaba sesenta y ocho grados. Cruzó transversalmente la meseta. Un abismo se extendía al otro lado. Al fondo resplandecía un fuego púrpura. Era imposible descender por ahí. Bebió el resto del té. Reunió todo su ánimo, se deshizo de todo lo que resultaba inservible y continuó la marcha por el borde norte de la cima.

Durante los escasos segundos en que se disipó el humo pudo ver que la meseta formaba un círculo de varios kilómetros de diámetro y que una roca negra y alargada, sobresalía perpendicular al círculo, suspendida en el vacío. Se dirigió a ella y la siguió hasta su extremo. Al final del camino había treinta y nueve grados. Se sentó un rato y, entonces, más lúcido debido al descanso y la bajada de la temperatura, recordó algo. Cogió sobresaltado su cuaderno de notas, buscó la última página escrita con dedos temblorosos y leyó sus propias palabras “Me estoy acercando mucho. Para conseguir un proceso homogéneo, es necesario introducir una variante química fundamental. Hay que añadir más sodio. Esa es la clave. Estoy seguro de que esta vez he dado con la fórmula correcta para conseguir la transformación molecular homogénea, es decir, el secreto para reducir un ser vivo a cientos de veces su tamaño original sin modificar su estructura. Añadiré sal y calentaré la pócima a fuego lento. Cualquier recipiente servirá. Una sartén, por ejemplo ¿Por qué no?”

Fue entonces cuando Emilio Gormaz, comprendió que era un hombre diminuto, en el extremo del mango de una sartén.

El limbo de las letras

El limbo de las letras ©
Autor: Jaime Fernández de Bobadilla

¿Quién no ha perdido alguna vez un escrito? El ordenador juega una mala pasada. Un papel cae en las fauces de la lavadora. Intentas reproducirlo y ya no es igual. No vienen las palabras exactas. Pasó el momento. “La próxima vez haré una copia en un pendrive. La próxima comprobaré el bolsillo de la camisa antes de echarla a lavar. La próxima vez tendré más cuidado”. Sí, pero ¿Y esta vez? Esta vez no tiene arreglo.
El otro día perdí un relato. Después de mucho buscar entre archivos y no encontrar más que ceros y unos, me dio por pensar que, tal vez, los textos perdidos tengan un destino: el limbo de las letras. Allí las palabras, huérfanas de autor y sin lectores, pasean, dan vueltas, bailan, buscan una frase y, a veces, la encuentran. Frases como “menos mal que has llegado, me sentía solo” ó “ el vino que tiene Asunción no es blanco ni tinto ni tiene color” o lo que sea. A veces las palabras no encuentran su sitio y se rompen en pequeñas letras ¡Qué solas están las letras cuando están solas! Algunas sirven para mucho y otras, no tanto. Casi todas se las apañan como pueden. La “o”, por ejemplo, sirve para muchas cosas: rueda, bosteza, anula o es la luna en un cielo de letras. Clonada forma collares y cuentas y ábacos. La “z” es un látigo que rasga, hiere, corta la piel. La “R” es borde y ruidosa. La “h” casi siempre guarda silencio pero adorna. La “b” va orgullosa y embarazada y muchas veces da a luz barcos, besos y bonitos puntos suspensivos. La “m” es aventurera como montaña y mar. La “p” es rápida y fugaz. Se sienten solas las letras y por eso buscan sílabas. La “s” es sibilina y siseante como una serpiente, siempre anda buscando rollo plural y silábico. Se hace querer porque multiplica y, cuando se junta con la “i”, lo cambia todo: “sí”. Sí. Letras. Solas o en sílabas. Siempre perecederas.
Así que un puñado de letras pueden formar combinaciones infinitas en el limbo. Los matemáticos afirman que si hay infinitos monos uno escribirá “El Quijote”, yo creo que no necesariamente, porque son demasiado intencionados (y demasiado monos) los monos. Sólo puedo asegurar que escribirán infinitas monadas sin sentido. Las letras son otra cosa. Las letras pasean al azar en su universo particular, y ellas sí que llegarán (infinitas) a ese lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme. Y nosotros (humanos) que habitamos este planeta entre casi infinitos planetas estamos, igual que las letras, solos y huérfanos de Autor y de lectores marcianos con sus telescopios. Andamos por ahí como ellas, bailando montañas, dando latigazos, cantando, besando, multiplicando monedas o deudas, haciendo cuentas y collares y comulgando con ruedas de molino.
Y aún así, nunca debes perder la ilusión, cuando menos lo esperes, te encontrarás formando parte de una palabra, una frase, una historia que merece la pena o, simplemente, escucharás “Ven, seamos una sílaba”

Ajedrecista de la Plaza Mayor (adaptación de “Fantasmas” ) 

Autor: Jaime Fernández de Bobadilla

Un relato para un juego nuevo: ajedrez Neoclásico

Hay fantasmas. Yo los he visto. A veces son ramas de árboles o cortinas o sombras. Otras, cobran forma humana. Entonces tienen ojos, boca, corazón… Los fantasmas existen.
Y conste que no me refiero a los clásicos de cadena y sábana, ancestros que corretean por los pasillos, almas en pena, viejos enemigos rencorosos que habitan el limbo y juegan la misma partida de ajedrez una y otra vez…
No me refiero a esos, no… Ni siquiera, si es lo que estás pensando, a los que se instalan en las aristas íntimas o en la articulación de la rodilla para estar presentes a cada paso, debajo de la primera piel invadida… Ni siquiera a los que extienden cheques al portador al tiempo y se cobran los servicios en presente o repiten actos pasados en calidad de halografía de firma, provocando recuerdos indeseados porque hablan, gritan, gimen, aman a destiempo y recubren el tiempo y lo matan en presente simple.
No. Tampoco voy a contarte de esos otros que deshabitan el corazón. Viajan sin billete por el pasillo del alma estropeada como pieles rojas sigilosos y se instalan en aquellos que ignoran que no vuelve lo perdido, que el tiempo viaja siempre en la misma dirección y que, cuando ayer perdieron, eran lo que todavía son.

No hablo de los que habitan entre la boca y la voz.
No hablo de los que cantan y, en la mar llamamos sirenas.

Hablo de fantasmas de verdad que tienen forma. Existen. Viven. Sé lo que digo. Los he tenido al alcance de la mano. Los he visto con mis propios ojos. Escucha…

Ha entrado enero de frío azul. Sin contraventanas. A golpe de calle y “¡Mierda! he salido sin abrigo”. Es decir, frío de verdad para temblar. Voy calle Mayor arriba un día cualquiera. Un poco distraído o concentrado en el frío y los pasos. Llego al mercado de San Miguel. Escaparates bonitos. Ultramarinos y botellas y barras de bar. Tomo unas copas de vino con un par de amigos bajo los arcos neoclásicos de la Plaza Mayor. No tantas como para ver fantasmas pero sí para reír a carcajadas por cualquier cosa. Me despido. Ando calles estrechas.

Es entonces cuando lo veo. Reflejado en un charco reciente. Un fantasma vestido de arco-iris que se desliza y deforma, objetos y personas. Pasa junto a mí. Me susurra al oído tres jugadas de ajedrez. Dice que es Capablanca o Alekhine o Fischer. Mide las palabras. Me mira a los ojos. El espectro sonríe un poco malévolo, embruja, gira, baila la calle desierta. Lo sigo hasta una plaza. El viento mueve su pelo arco-iris. Crece volátil. Corre y, al fin, desaparece tras una esquina de Huertas.

Te estarás preguntando si busqué a mi fantasma. Claro. Claro que lo busqué. Todas las tardes. Lo busqué como un loco. Quería verlo y oír, una vez más, su voz. Pero nada. Nada. Luces, gente, alboroto y calles desiertas de espectros.

(…)

Foto: Jaime Fernández de Bobadilla

Hoy es, no sé, creo que jueves. Cae la semana y con ella, el alma cuesta abajo de tantas partidas de ajedrez casi iguales que parecen la misma. Cruzo los arcos de la Plaza Mayor. Estatuas. Mareas de gente. Terrazas. Ventanales asimétricos. Fachadas pintadas.

En un lado de la plaza, una mujer guapa rodeada de chiquillos. Sujeta dos palos unidos por cuerdas. A sus pies, un cubo de agua jabonosa. A su lado dos sillas y un tablero de ajedrez. Sumerge las cuerdas y las alza en el aire. Así renace, perplejo, transparente, vestido de arco-iris, un fantasma. La mujer me mira, sonríe en carne y hueso, lo toca con el dedo y el jugador arco-iris se sienta frente al tablero.

Hay fantasmas. Yo los he visto. A veces son ramas de árboles o cortinas o sombras. Otras son pompas de jabón.

Si quieres jugar, sólo tienes que tocarlas con el dedo…

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Frase del día

Sólo tenemos tres cosas: la memoria, el tiempo que nos queda y lo que de verdad queremos…

Frase

En pocas ciudades como en Roma, tiene tanto encanto perderse. No hacen falta guías ni mapas ni planes, porque cada rincón importa y tiene algo que contar.

Frase del día y de la noche

Hay días en que ya por la mañana amanece la luna.

Frase del día

Ay veces en la vida que hay que decir: “¡Pero qué coño”!
(Tom Cruise en “Risky bussiness”)

Frase del día

Lo mejor de saber de algo, es que uno sabe lo poco que sabe de otras cosas (JFB)

Frase del día

La esencia del poder es la arbitrariedad