(Autor: Jaime Fernández de Bobadilla)
Recuerdo como si fuera ayer el día que conocí a Boris Savinkov, un jugador de ajedrez extraordinario de origen esloveno, que sufría una rara fobia incurable a viajar en tren. Ocurrió, paradójicamente, en un tren transeuropeo de alta velocidad que viaja de Lisboa a Moscú, donde se celebraba aquel invierno el torneo de candidatos al campeonato del mundo. Al verme llegar se levantó de la mesa, me escudriñó con una mirada honda y enigmática, propia de los ajedrecistas que durante el juego pierden la noción del tiempo y de todo lo demás y me invitó a sentarme con un gesto. Había tenido la cortesía de esperar a poner el reloj en marcha. La ventana del vagón comedor donde se celebraba nuestra partida, estaba cubierta con un cuadro donde solo había un cielo de nubes blancas. Me preguntó si tenía inconveniente en que la ventana estuviera tapada. Negué con la cabeza y él me dio las gracias y un apretón de manos y jugó peón cuatro rey.
Respondí con la Variante del Dragón de la Apertura Siciliana, así llamada porque la estructura de peónes reproduce la constelación homónima. Elegí una línea en la que el blanco enroca largo y el negro, corto. Ambos jugadores lanzan un ataque de peónes contra el rey enemigo. La lucha fue encarnizada, pero Boris jugó con brillantez y yo cometí pequeños errores defensivos. En la jugada 32, ya estaba perdido. Había decidido intentar un sacrificio desesperado de material para complicar la posición cuando, súbitamente, el cuadro que tapaba la ventana se desprendió y dejó a la vista el exterior. Boris palideció, comenzó a sudar, balbuceó unas palabras ininteligibles y se levantó de su asiento. “¿Cómo vas a irte ahora?”, pregunté mientras él se alejaba por el pasillo. Yo sabía que no tenía posibilidades de ganar el torneo, tenía el ranking más bajo de los dieciséis candidatos y, para mí, ya había sido un éxito extraordinario haber pasado las eliminatorias y estar codo con codo con la élite del ajedrez. No quería ganar de aquella manera tan poco elegante, así que dije en voz alta “¿Quieres tablas?”. Él volvió la cabeza, me dirigió una mirada de sorpresa y agradecimiento, asintió y salió apresuradamente del vagón comedor.
(continuará)